martes, 24 de octubre de 2017

El deshollinador de calderos




Por Arnoldo Fernández Verdecia. caracoldeaguaoriente@gmail.com   

“Se limpian calderos, ollas,  cualquier vasija tiznada”. Asomé mis ojos por las persianas y estaba allí, dos  trozos de bloque albergaban su cuerpo menudo, tenía una tristeza de años acumulada, pregonaba su labor con palabras muy dignas. En la cabeza,  un viejo sombrero;  las manos impregnadas de hollín, evidencias de una vida de hombre que gana el sustento haciendo el trabajo acumulado de la familia cubana de oriente, que con los apagones, acude al carbón, al queroseno y las lozas son tomadas por el negro y se arraciman en un rincón como viejos relicarios, porque no hay tiempo para restaurarlas al reino del blanco.  “Se limpian calderos, ollas,  cualquier vasija tiznada”, nuevamente el pregón y el hombrecito sobre los bloques rotos, extasiado en lijar, en pases de cuchilla, restaurando la fe original de unas vasijas tocadas por el tiempo. “Se limpian calderos, ollas,  cualquier vasija tiznada”. El día avanza. A su alrededor   se multiplica el hollín del huracán Irma, de los apagones de septiembre y octubre.  Suena en una vieja vitrola llamada P-5 el Buena Vista Social Club que dio dos conciertos en el teatro Carret en Holanda y uno en el Carnegie Hall  de Estados Unidos. Es el almuerzo espiritual del hombrecito. Cada vasija que recobra su esplendor original cuesta $20 en moneda nacional; a ojos de buen cubero calculé unos doscientos pesos ganados honradamente;  una buena jornada, pensé en lo más profundo de mi conciencia; pero el sonido de su estómago atormentado asomaba con unos tic tac extraños, no como los del Buena Vista; la manada de hijos semidesnudos y hambrientos parecía mirarme; veía a su mujer en una estrecha cocina que lo esperaba para comprar polvo de café, recuperar energías y seguir viviendo. Admiré el sacrificio de aquel hombre humilde, raro por el oficio de deshollinador de calderos, pero muy útil como diría José Martí, pues sabe hacer algo necesario a los demás. Merece tanto o más respeto que un médico, un profesor o un abogado. “Se limpian calderos, ollas,  cualquier vasija tiznada”. Apreciar estas palabras, dichas con humildad: “Se limpian calderos, ollas,  cualquier vasija tiznada”, es una forma sencilla de apreciar la cubanía más profunda.

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